El enamorado del tren

Ninguno de los dos saben lo que a continuación contaré.

Los domingos por la mañana sube al mismo tren que yo en la estación de Villagarcía. El sonido de sus tacones se escucha a lo lejos, es una mujer africana, guapa, exhuberante, su ropa invariablemente es muy colorida. La única ocasión que crucé palabras con ella fue porque recogí su billete del piso y se lo dí, un gracias y una sonrisa fue lo que intercambiamos. Generalmente coincidimos en el mismo vagón.

Al llegar a Pontevedra, en el andén siempre hay un señor también africano, años mayor que la mujer y mira una tras otra las ventanas de los tres vagones que lleva el tren. Sus ojos son de enamorado, lo sé después de mirarlos bastantes domingos y hacer evidente que la busca a ella, para coincidir y sentarse a su lado. Cuando con sus miradas fugaces desde el andén al tren la encuentra, he visto su sonrisa dibujada y enseguida corre en dirección a la puerta más cercana y aborda nuestro vagón, la busca nuevamente con la mirada, hace como que el encuentro es casual, se saludan y se sienta a su lado. En ocasiones me da la impresión de que ella preferiría estar sentada sola.

El camino que queda de Pontevedra a Vigo van conversando en un idioma que en ocasiones parece inglés y en otras algo que no tengo idea. Al llegar a nuestro destino final se pierden entre la multitud y no los vuelvo a ver hasta el domingo siguiente.

Pero muchas de mis conclusiones las he indagado y resuelto con los siguientes acontecimientos. En pocas ocasiones ella no ha subido al tren, pero el sí ha estado en el andén de la estación de Pontevedra, la busca como hace siempre, no la ve como es evidente, pero aun así sé que no pierde la esperanza, sube al vagón donde yo me encuentro y la busca nuevamente con la mirada, va hasta el final, regresa y así hasta recorrer el tren completo, supongo que se sentará en cualquier sitio porque le da igual, no está ella.

También ha sucedido lo contrario, que en Pontevedra no esté el señor, no hay quien mire los vagones, ni quien corra a la puerta más cercana, ni quien busque y encuentre de manera casual. Pero a ella le da un poco igual, no repara en que hemos llegado a Pontevedra, no hace como que no lo ve, ni siquiera lo espera, mas bien parece que sigue en sus contemplaciones internas, vive en ella misma, tampoco se duerme, ni escucha música, ni lee, ni usa su ordenador, sólo espera llegar a donde va, igual que yo, a Vigo.

¿Es o no es una historia de enamorado?

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