La tía María

El aroma y sabor a anís me recuerda a tía María.

En el último cuarto de una vecindad de la ciudad de Puebla, pasó sus últimos años la tía María, las puertas siempre las dejaba abiertas por sí en la oscuridad de la noche aparecía su sobrino Óscar, siempre había una cama vacía para él.

Todas sus pertenencias cabían en cuatro paredes.

Cada día iba dos veces a misa, de la vecindad a la iglesia y de la iglesia a la vecindad. Caminando muy despacio, parecía formar parte de la calle, del parque, de la fuente y de las bugambilias que plantó mi bisabuelo.

De pequeño cuando la visitaba, me acariciaba el cabello, me decía tres palabras, me miraba entrañablemente, así como saben mirar los viejos y colocaba en mi mano unas monedas de a peso y unos caramelos de anís. Aquello lo guardaba en mis bolsillos. Después de despedirme de ella metía en mi boca aquel caramelo, el dulce de cariño, el dulce de anís.

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